Último cuadro
Este es el último cuadro que pinté. Fue un encargo y a pesar de eso me gusta, me gustó hacerlo. Pero no hay mucho más que pueda decir sobre él. Yo no puedo hablar a cerca de lo que hago, explicarlo. Pero tampoco creo que sea necesario. La verdad nunca me cayeron del todo bien los artistas que tienen que darle un sentido a lo que hacen, explicar lo que significa (o lo que es peor aún, pagarle a alguien para que lo haga)…
A veces voy a alguna exposición o muestra y por ahí lo que veo no me gusta nada, me resulta insulso, y cuando leo el catálogo encuentro una crítica compleja y pretenciosa, (obviamente escrita por un crítico respetado) que intenta “justificar” lo que uno está viendo.
Yo realmente creo que la percepción es lo más válido, lo más genuino que uno tiene al momento de opinar sobre un artista, una obra o lo que sea. A veces trato de conectarme con lo que realmente siento sobre algo, con la sensación más primaria y real. A mí hay artistas que me gustan y la verdad que no sé por qué, y otros que no, que no me conmueven nada. Por esto mismo no creo que se pueda ser totalmente objetivo al momento de opinar, o que exista un criterio absoluto y certero. Es algo que descubrí con el tiempo. Ni siquiera yo soy siempre la misma, no percibo siempre con los mismos ojos.
Para mi Frodo se parecia a Alf
Esta semana se me dio por bajarme la película “The fellowship of the ring”.
Ya la había visto, en el cine y todo, pero después de ver la película de Futurama “Bender’s game”, que tantas alusiones hace, no sé, como que me dieron ganitas.
La verdad que tardó bastante en bajar…
Y esto me llevó a pensar: “Seguramente que 7 años atrás estaba en menos de 1 hora”
Pero bueno, así funciona el fanatismo.
A mí siempre me generó el efecto contrario. Las modas, las tendencias… sobre todo en el ámbito de los gustos y placeres estéticos. Mi primer impuslo es, seguramente, rechazar las corrientes masivas.
Cuanto más grande es el fenómeno, más tiempo me lleva poder apreciarlo sin prejuicios.
Pero en este caso es distinto. Tiene que ver con una especie de melancolía, o mejor dicho, con una sensación relacionada con recuerdos de mi infancia.
Algunos de los recuerdos mas vívidos y felices de mi infancia, tienen que ver con la novela de JRR Tolkien. Y sí, ya sé que muchos aficionados de la lectura tienen mucho que criticarle a la novela, pero para mí, sobre todo para mí a los 9 años, esas cosas no cuentan. Me acuerdo como si fuera hoy, estar recostada en el sillón de la sala de espera Tito, mi dentista, al que concurrí regularmente desde los 6 años, mirando sin mirar la luz amarilla a través del vidrio esmerilado de la lámpara, escuchando cómo me leían partes salteadas de la historia. Yo en esa época no leía libros tan largos. Pero quien me leía, aprovechaba esos momentos en que estábamos juntos, para hacerlo en voz alta. No tenía la suerte de poder seguir toda la historia. También seguía leyendo cuando yo no estaba… pero no me importaba. Para mí era suficiente.
Y de hecho, mucho tiempo después, cuando finalmente pude leerla yo, recordaba las partes que había imaginado en mi infancia mientras escuchaba pasivamente la historia. Y comparaba mi comprensión con la otra versión, quizas un poco distorsionada e infantil.
Hasta que finalmente ví la película. No voy a juzgar la calidad, ni la fidelidad con la novela, ni el parecido de los personajes del libro con los actores. Pero hay algo que me molesta. Desde que la ví, ya no puedo recordar tan bien como antes cómo eran para mí los escenarios, los rostros, hasta las voces que dentro de mi mente había creado para cada uno de ellos. No, aunque me esfuerce, ya no puedo. La nitidez y la claridad de la pantalla se imponen por sobre todo. ¿Y qué pasa con las partes que en el film están omitidas? No sé. Me cuesta acordarme. Podría suponer que leyendo de nuevo el libro (cosa que no tengo en mis planes) podría reparar el daño, recuperar esa escencia. Pero no. Seguramente, cada vez que evoque en mi mente la tierra media, va a ser a través de los ojos de Peter Jackson.
El comienzo
En estos días estoy empezando una nueva serie de cuadros. Hace uno o dos meses que no pinto, lo cual es bastante tiempo. Me acuerdo que antes, en mis primeros años de estudio, cada vez que hacía un receso, me costaba mucho retomar. Perdía completamente la mano, llegaba a frustrarme mucho. Necesitaba como dos o tres intentos de cuadros hasta retomar el ritmo habitual, la fluidez habitual. Pero los impases son importantes para mí. Me hacen tomar distancia, ver con ojos nuevos. Y ahora, cuando nuevamente me sumerjo en la pintura, por suerte la conexión es casi inmediata.
Siempre me pareció importante no perder la espontaneidad, la autenticidad, por decirlo de alguna manera. Lo que quiero decir, es que la conexión sea real, genuina.
Tuve una profesora de pintura que anotaba la cantidad de horas que pintaba por día. Las sumaba al final de la semana y establecía una marca, para ir superando a la semana siguiente.
Yo no podría. El solo hecho de tener la más mínima presión, condiciona lo que hago, las ganas con que lo hago y en consecuencia, el resultado, (que en el fondo tampoco creo que sea lo más importante, para mí más importante que el resultado es el proceso). Creo que si hay algo que hace que siga pintando es saber que podría no hacerlo. Tener esa libertad.
Conocí varios artistas que me hablaban de la autodisciplina como algo primordial en su carrera y su obra. Yo le huyo, trato de alejarme lo más que puedo. Si necesitara obligarme a pintar con constancia, con seguridad dejaría de disfrutarlo, dejaría de hacerlo.